El ecologista escéptico y Ramón Tamames
Acabo de leer el artículo de Ramón Tamames sobre "El ecologista escéptico", de Bjorn Lomborg. Es un triste ejemplo de falta de argumentos. A los aplastantes criterios económicos y estadísticos de Lomborg (yo sí he leído el libro) Tamames opone:
"frente a esa enunciación, cada uno tiene su propia evidencia, la que le proporciona su experiencia vital; por encima de cualquier embalse de estadísticas acumuladas con mejores o peores artes".
Sigue una lista de miserias, "estragos en el medio ambiente" que él ha visto personalmente, y concluye que "todo eso, y mucho más, no resulta de poco peso como para vencer el platillo de la balanza; en contra de Lomborg". Qué equivocado está. La mejor exposición de lo falaz del argumento la da un comentario al artículo, firmado por Arroyero:
Soy sevillano, y en mi experiencia vital el 80% de las personas son sevillanas. Por tanto, Sevilla debe tener una poblacion de aproximadamente 4,500 millones de personas. Asi se explican los problemas de trafico…
No se puede decir más claro ni con más gracia.
Cuando en el año 2001 apareció The Skeptical Environmentalist provocó un agrio debate. Lomborg defiende en su libro que los números que esgrimen los ecologistas son incorrectos: las cosas no parecen estar empeorando, como sostienen los verdes, sino mejorando. Según Lomborg los recursos naturales no dan señales de estarse acabando, ni el crecimiento de la población ha aumentado el hambre en el mundo, ni se extinguen tantas especies como se auguraba, y el aire y el agua están más limpios que hace cincuenta años.
Las mejoras en la productividad de la tierra han hecho que estemos hoy mejor alimentados que nunca: el porcentaje de la población de países en vías de desarrollo que pasa hambre ha caído del 45% en 1949 al 18% hoy. Lo más grave: Lomborg, que es estadístico en la universidad de Aarhus, en Dinamarca, y fue miembro de Greenpeace antes que escritor hereje, se molestó en analizar los datos y buscar en las fuentes de las estadísticas que manejan los profetas del fin del mundo. Las encontró exageradas, amañadas o equivocadas.
El libro de Lomborg levantó ampollas. Publicaciones de la categoría del Economist le apoyaron con decisión, mientras que Nature y Science lo atacaban con saña (pero sin argumentos). Los análisis de Lomborg parecen haber aguantado bien el escrutinio.
El argumento de Lomborg viene a ser que, dados los números y las tendencias actuales, si somos lo bastante listos es posible que lleguemos al año 2100 con 11.000 millones de humanos en la tierra, viviendo en un planeta con suficientes recursos, ambientalmente tolerable, y con la suficiente diversidad biológica como para que la vida pueda seguir tirando. Si aceptamos que de eso se trata es posible que no lo estemos haciendo tan mal.
Económicamente tiene sentido, desde luego. Mal que nos pese, el criterio económico es uno de los fundamentos básicos del funcionamiento social del hombre. En parte por convención y en parte por necesidad: no habrá una disminución drástica en la contaminación que emiten los coches hasta que la tecnología de los motores de hidrógeno (BMW) o la de la propulsión híbrida con motor gasolina y eléctrico (Toyota) sean más rentables que la alternativa tradicional. Ahora hay más petróleo disponible que hace treinta años debido, en parte, a que la tecnología de extracción hace económicamente viables yacimientos que antes no lo eran. Quizá era posible explotarlos, pero a un coste superior al que los usuarios finales estaban dispuestos a asumir. Este tipo de comportamientos sociales (cómo nos movemos, qué quemamos) están inextricablemente ligados a criterios económicos.
El problema real aparece cuando metemos el medio ambiente de por medio. He aquí un elemento que forma parte de la ecuación, pero que no aparece en la contabilidad. ¿Qué valor tienen los terrenos que el amigo Bush se va a cargar en Alaska, a poco que le dejen? Para los lobos y los caribú que viven allí aquel terreno lo vale todo; para Bush, todo lo que de valor hay allí está en el subsuelo. ¿Y para la especie humana? No tengo ni idea, aunque algo me diga que el valor es mucho más alto que el del petróleo que de allí pueda extraerse. ¿Y para el ecosistema terrestre, que incluye al animal hombre?
¿Para qué sirven los leones? Con la meta que asumíamos más arriba —llegar al 2100 con una población estabilizada viviendo en un planeta habitable—, los leones sirven seguramente de muy poco. Si no hubiera leones las gacelas y las cebras morirían de hambre o de viejas, en vez de morir de león, y los organizadores de safaris en Kenia tendrían que poner más énfasis en los rinocerontes, suponiendo que los hubiera; pero pasar, lo que se dice pasar, si no hubiera leones no pasaría nada. Este planeta sería habitable sin leones.
Hay 5400 especies oficialmente en peligro de extinción. ¿Podríamos seguir tirando sin ellas?, se preguntarán los economistas. ¿Será este planeta habitable con 5400 especies menos? Después de todo, ha habido otras extinciones en masa aún más dramáticas y no han sido culpa nuestra. ¿Por qué preocuparse por la siguiente, cuando parece que, en el fondo, no nos va a afectar?
Estos argumentos tienen varios puntos débiles. Sí que ha habido otras extinciones en masa, pero todas ellas han dejado el mundo en unas condiciones en las que otras especies podían evolucionar. Un planeta tierra con 11.000 millones de personas es un planeta fragmentado, con muchísimos ecosistemas pequeños. Es un planeta donde no habrá una nueva explosión cámbrica, simplemente porque no cabe. Es un planeta condenado a la pobreza biológica y, por lo tanto, frágil.
Pero la falacia básica está en la meta propuesta. Está en aceptar que se trata de llenar el planeta de gente de forma económicamente eficiente y sostenible. Perdonen, pero no se trata de eso. Sostener que es aceptable que se extingan 5.400 especies para que la nuestra se pueda expandir no sólo es lamentable: está equivocado. En el planeta que estamos creando tampoco podremos vivir nosotros, aunque nos sobren la energía y el pan. Somos (con el trigo) la especie mejor adaptada; somos (con las ratas) los mamíferos más versátiles. Somos la releche. Pero precisamente por eso, y porque estamos condenados a plantearnos las cosas y a tomar decisiones, debemos ser capaces de hacerlo desde la perspectiva de todo el sistema y no desde un punto de vista puramente antropocéntrico.
El objetivo debería ser estabilizarnos mucho antes de los 11.000 millones, y de una forma tal que la inmensa mayoría de las 5.400 especies en peligro de extinción se puedan recuperar. ¿Cómo hacerlo? No tengo ni puñetera idea.
Pero sí sé que hacer frente a datos y argumentos con la "propia evidencia" que tiene cada uno, la que "le proporciona su experiencia vital", equivale a meter la cabeza debajo del ala. Los argumentos de Lomborg son verosímiles y nadie, hasta el momento y que yo sepa, los ha rebatido: cabe pues la posibilidad de que sean ciertos. La táctica correcta es estudiarlos, analizarlos, y buscar cuál es el curso de acción más inteligente: no para rebatirlos, sino para adaptarnos a la realidad que describen.
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