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Están verdes. La disonancia cognitiva

En la fábula de Esopo la raposa intenta alcanzar un racimo de uvas. Salta todo lo que puede, vuelve a saltar, pero no llega. Cuando resulta evidente que están fuera de su alcance recobra la compostura y se va, diciendo a quien quiera escuchar "están verdes".

El "están verdes" de la raposa de Esopo fue redescubierto por Leon Festinger, psicólogo en la universidad de Stanford, a finales de los años cincuenta. Lo llamó disonancia cognitiva y lo elevó a la categoría de ciencia, presentándolo como hipótesis que permite explicar y predecir muchos comportamientos interesantes.

La disonancia cognitiva funciona, más o menos, como sigue. Imagina que te encuentras, por el motivo que sea, haciendo algo de lo que no estás especialmente orgulloso. Algo que esté en la parte de allá de la frontera de tu moral, o que sea trivial, aburrido e injustificable, o que no cuadre con la imagen que de ti mismo te has formado. Imagina, por ejemplo, que estás mintiendo a un compañero de trabajo sobre las posibilidades de promoción que tendría si cambiara de departamento (y de paso dejara de hacerte la competencia). Si la imagen que tienes de ti mismo es la de un cabrito (perdón, un integrante sanamente competitivo de la empresa global, perfectamente adaptado a un entorno duro y exigente) la mentira no te causará ningún problema: la sueltas, el otro se la cree, te lo quitas de enmedio y a por el siguiente. Pero si todavía crees que eres una buena persona hacer algo así te afectará. Al principio, quiero decir: después te adaptarás a la circunstancia, cambiarás tu percepción y salvarás tu imagen interna.

Imagina que te estás acercando a tu víctima. Mientras caminas hacia él, intentando estructurar la conversación que estás a punto de tener, vas pensando "¿qué hace un chico como tú haciendo una perrería como ésta?", o algo así. Estás a punto de hacer algo que no encaja en tu historia interna, algo que el protagonista de la historia nunca haría; esto introduce en tu historia una nota discordante, que es lo que los psicólogos llaman disonancia cognitiva. Entonces el mecanismo de protección —el generador de bazofia en tu hemisferio izquierdo— se pone en marcha, le da unas vueltas a la situación, busca justificaciones, desenpolva recuerdos, inventa relaciones, y al poco rato de hablar con tu compañero estás convencido de que has hecho lo mejor que podías hacer por él.

¿Suena exagerado? No lo es. Somos realmente así de rastreros. El experimento más famoso de Leon Festinger se parecía bastante a lo que te acabo de explicar. Reclutaron a unos cuantos estudiantes de Stanford diciéndoles que participarían en un experimento psicológico, pero sin explicarles el propósito. Cuando el alumno llegaba al laboratorio se le metía en una habitación y se le asignaba una tarea diseñada para ser todo lo aburrida posible (ordenar montones de cucharas en grupos de doce y girar cubos un cuarto de vuelta a la derecha). Los tenían una hora así. Al cabo entraba un investigador, le explicaba al estudiante que el becario no se había presentado, y le pedía que le echara una mano con una chica que tenía esperando en la otra habitación. Le decía al estudiante que había que explicar a la chica que el experimento era interesante y divertido.

A cambio de la mentirijilla le ofrecía una recompensa económica: a algunos se les prometía un dólar; a otros se les ofrecían veinte dólares, que en los años cincuenta era bastante dinero. Seis de los estudiantes se negaron a participar en el juego (ya ves que no está todo perdido o, al menos, en los años cincuenta no lo estaba). El resto, la mayoría, intentaron convencer a la chica. La conversación que mantuvieron con ella fue siempre más o menos igual: todos se emplearon a fondo en la mentira, independientemente del beneficio que esperaran obtener. Lo interesante vino después, en las conversaciones de los estudiantes con el investigador tras acabar el experimento. Los que habían mentido por veinte dólares reconocieron que el experimento había sido cansado y aburridísimo. En cambio, los que habían mentido por un dólar dijeron que el experimento había sido divertido y estimulante: se habían creído lo que le habían explicado a la chica.

Ya te imaginas por dónde van los tiros. Los que iban a cobrar veinte dólares pensaron "Qué caramba, veinte dólares bien valen una mentira, yo soy buen chaval pero no soy tonto y no voy a tirar por la borda todo ese dinero por decirle a ésta algo que, al fin y al cabo, tampoco le va a hacer mucho daño". No había nota discordante, no había disonancia cognitiva, o sea que adelante sin problemas. En cambio los que iban a cobrar un dólar pensaban "¿Dónde me he metido? Yo no soy el tipo de persona que se vende por un dólar. No, claro que no. De hecho, lo que le estoy contando es cierto." Hay una nota discordante, que se resuelve con un pequeño masaje a la memoria, masaje que vuelve a poner las cosas en su sitio y alisa las arrugas.

La disonancia cognitiva da mucho de sí. La usan los psicólogos para manipularte, por ejemplo. A veces con buenas intenciones, como lograr que aprendas más y te intereses por un tema. Supón que quieres conseguir que un discípulo que tiene la curiosidad de un trozo de corcho se interese por las mónadas de Leibniz. Supón que tienes algún argumento con el que negociar, como una nota que poner, un castigo que infligir o un premio que dar. Imagina que decides exagerar el estímulo, y le dices que si no lee las lecturas recomendadas lo vas a tener dos años en las catacumbas a pan y agua. El estudiante leerá lo que haga falta; si mientras lee le asalta alguna duda sobre la mejor manera de invertir su tiempo pensará en las catacumbas, se acordará de tus antepasados y seguirá leyendo con convicción. Cuando acabe considerará que ha cumplido, desaparecerá la amenaza y olvidará rápidamente lo que ha leído.

Supón ahora que cambias la estrategia y usas el mínimo estímulo que haga que el estudiante cumpla con su tarea. Le dices, por ejemplo, que si no lo hace le bajarás un puntito en la nota final. El estudiante se pone a leer y pronto le asaltan las dudas, "¿Seré idiota, aquí leyendo esto cuando podría estar ligando en el bar? Si a mí me da igual un punto más o un punto menos." Si has calibrado bien el estímulo el estudiante acabará la tarea, pero tendrá que superar una nota discordante: "Yo no soy el tipo de persona que se vende por un punto, qué va. Yo no me tragaría esto por un punto. Lo leo porque me interesa." Enhorabuena: acabas de convertir a tu estudiante-tapón en alguien convencido de que le interesa Leibniz. Y me apresuro a pedir perdón a profesores, profesores asociados, profesores adjuntos y profesores interinos por lo atrevido del ejemplo: seguro que es difícil calibrar el estímulo, y el mundo está lleno de gentes inmunes a estas sutilezas. Yo sólo pretendía poner un ejemplo interesante y que ha funcionado alguna vez (A First Look at Communication Theory, de Em Griffin, capítulo 16).

Otro corolario interesante es que cuanto mayor sea el nivel de autoestima que quieras mantener más vas a tener que pagar en autoengaño. Si te ves a ti mismo como una magnífica persona, dechado de virtudes y modelo para la infancia, seguramente tienes al cuentista en tu cerebro izquierdo haciendo horas extras, reordenando percepciones, cambiando memorias e inventando justificaciones para deglutir las babosas que le van llegando. En cambio el cínico, el que lo es de verdad, el que ve la viga en el ojo propio y no sabe dónde meterla, convencido de que es sólo cuestión de tiempo hasta que todo el mundo la vea y la señale por la calle, es seguramente el menos proclive a andar masajeando la experiencia. En el extremo del espectro están los que sufren de depresión clínica: se ha comprobado experimentalmente que son los más capaces de tomar decisiones objetivamente racionales.

Cuídate de los que se creen buenos.

Juan Reyero Barcelona, 2006-03-21
 

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