La paletocracia española, mejorando lo presente
Decía ayer, en mi diatriba contra los senadores gorrones que no van a votar el día que dan fútbol, que escribiría sobre posibles maneras de transformar la paletocracia española en algo que podamos explicar, sin sonrojos, a nuestros hijos.
Como lo prometido es duda, y a Dios rogando y con el mazo dándole, y está bien verlas pasar desde la barrera pero de vez en cuando hay que poner el culo en remojo e implicarse, voy a escribir no un artículo, sino tres. Las generaciones venideras los conocerán como la Trilogía de la Paletocracia.
Bolicracia
A estas alturas ya lo debe saber todo el mundo, pero no estará de más repetirlo una vez más: las listas cerradas y la disciplina de voto hacen que el parlamento español sea una farsa. Sus Señorías podrían ser sustituidas sin merma por bolitas de colores. Se podría asignar a la cabeza visible de cada partido un número de bolitas igual al número de diputados que le corresponden, a cada partido su color. A la hora de votar cada jefecillo pone sus bolitas en el lado que le convenga, y el lado con más bolitas gana. Sin diputados. Lo podríamos llamar bolicracia, o democracia de bolas. Con bolas. Por bolas.
La bolicracia se podría considerar una optimización del sistema actual, con la misma funcionalidad pero mucho más barato (y ecológico). Ahorrarnos a sus Señorías tiene claras ventajas económicas para el país, porque un diputado cobra mucho más que un parado; sale mucho más barato apuntarlos al INEM que tenerlos leyendo el periódico en el Parlamento.
La desaparición de la figura del diputado-bolita también tendría ventajas sociales: habría muchos menos políticos haciendo declaraciones, con lo que los medios de información tendrían que buscar algo con lo que llenar el espacio que dejaría libre la falta de políticos declarando. El espacio libre se podría llenar, por ejemplo, con información real.
Propuesta radical: democracia
Claro que podríamos decidir no pasarnos a la democracia de bolitas, que simplemente abarata el sistema actual sin modificar sus prestaciones, sino cambiarlo por uno mejor. Por ejemplo, abriendo las listas electorales y cargándonos la disciplina de voto.
Si suponemos que queremos seguir manteniendo parlamentarios, deberíamos preguntarnos para qué los queremos. (Nota que no debería hacer falta: parlamentario es un término que incluye a todas sus Señorías, independientemente de lo que tengan entre las piernas; a no ser que el que hable sea el sr. Ibarretxe, en cuyo caso parlamentario es el sufijo de parlamentaria, vasco y vasca).
¿Para qué sirve un parlamentario? Se me ocurren un par de cosas. Por una parte, puede ser el representante de un sector de la población (geográfico o social). Por otra parte, el criterio del diputado es valioso. Valor, al menos, se le supone.
Deberíamos buscar un parlamento formado por personas con criterio propio, bien fundado, sin lealtades debidas a un ente abstracto que les dicta qué botón deben apretar. Sólo así aprovecharíamos la capacidad intelectual de sus Señorías, en caso de haberla. ¿Qué tal un examen de admisión para aceptarles la candidatura? Éste será el tema de uno de los artículos de la Trilogía de la Paletocracia.
Un diputado cuyo puesto dependa exclusivamente de su sumisión a un partido queda automáticamente invalidado para las dos funciones propuestas. No puede responder frente a ningún sector de la población, porque nadie le ha votado a él: han votado al cabecilla que le puso en una lista, que era el que más gritaba o el más guapo. No puede hacer valer su criterio, porque le liga la disciplina de voto: ha vendido su alma al jefecillo que lo puede poner en la lista la próxima vez. Un diputado debe ser votado directamente, debe responder frente a sus votantes, y debe participar en el juego parlamentario según su criterio, independientemente del partido al que se sienta más próximo.
[Nota: la idea de la bolicracia no es original. Se la escuché por primera vez a mi padre hace miles de años, y la leí después en Caos y Orden, de Antonio Escohotado. Un buen libro, por cierto.]
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