La locura del Santo Sepulcro
La Iglesia del Santo Sepulcro, en la Ciudad
Vieja de Jerusalén, es un compendio de la locura humana.
En ningún sitio como aquí se ve el pelo en la beata dehesa de
las varias Iglesias que comparten la custodia de la tumba de
Jesús.
Católicos, Ortodoxos griegos, Apostólicos armenios, Coptos y Ortodoxos etíopes se reparten la iglesia, cada cual sus criptas, sus capillas, sus habitaciones y sus pasillos. Pero como los santos varones se odian entre sí, son incapaces de ponerse de acuerdo para ocuparse del mantenimiento más básico. Nadie se siente responsable del conjunto, y cada cual hace de su capa un sayo con más pena que gloria.
El resultado es un esperpento fascinante. Casi mil años de
pegotes, peleas, arreglos y negociaciones han producido una
iglesia fea y medio en ruinas, pero de una solidez y
autenticidad que serían el sueño de muchos arquitectos. Con
detalles que van más allá de lo creativo. Mira, por ejemplo, la
foto que encabeza este artículo. Verás que hay una pequeña
escalera de madera, en lo alto de la pared, en la parte central
superior de la foto. Esa escalera lleva ahí desde
. Nadie se ha molestado en tocarla durante más de 114 años,
y sería una lástima que la tocaran ahora.
La tensión entre las varias denominaciones cristianas se palpa en el ambiente. Un reglamento estricto define exactamente quién puede estar dónde y cuándo. Los franciscanos no entran en las capillas controladas por los griegos, los egipcios no se acercan a los dominios franciscanos, y los etíopes viven… en el techo. Pero los coptos también quieren un cachito de techo, y expresan sus aspiraciones estacionando allí un monje, con su silla de plástico, en un sitio pactado.
No siempre consiguen mantener el status quo a base de miradas furibundas: de vez en cuando usan métodos más expeditivos. Un día de verano de 2002, el monje copto estacionado en el techo movió su silla del sitio acordado buscando sombra. Los etíopes lo interpretaron como un inicio de hostilidades, y se montó una batalla campal a pedradas, que acabó con once monjes en el hospital.
Durante unas celebraciones Ortodoxas el año 2004 los Franciscanos dejaron abierta la puerta de su capilla. Los Ortodoxos se lo tomaron mal, y acabaron todos a puñetazos, con varios arrestados.
Sólo la naveta de madera que cubre la tumba de Cristo es territorio compartido: Católicos y Ortodoxos hacen turnos estrictos para vigilar la entrada. Vigilar, en este caso, quiere decir sentarse cerca de la puerta y leer un libro, con el objetivo de tener el sitio ocupado y defenderlo frente a los de la facción contraria.
Pero también la naveta tiene su sorpresa: al rodearla
encuentras, en el extremo opuesto a la entrada, una minúscula
capilla recortada en la madera, y un monje moreno sentado en
una silla de plástico. Es el egipcio, que vigila la
cabeza de la tumba. Por lo visto no les dejan
participar en el turno de vigilancia de la entrada, pero
consiguieron apoderarse del otro extremo y es todo suyo.
Tal vez lo más peculiar sea la hora de cerrar. Un rato antes de
las nueve representantes de todas las tendencias salen a la
plaza, y se estacionan en sus extremos echándose
maldiciones. Llega un señor, da unos golpes a la aldaba de la
puerta para que los fieles vayan evacuando, y saca la basura. A
las nueve en punto los religiosos entran, el señor cierra la
puerta desde fuera, sube en una escalera de mano que han sacado
del interior de la iglesia, y echa la llave. Las cerraduras
están a unos tres metros de altura, de forma que la escalera es
imprescindible para abrir o cerrar. Después abre un pequeño
porticón e introduce la escalera, que será vigilada durante
toda la noche por monjes y frailes. Entregada la escalera, coge
las llaves y se va a su casa, hasta la mañana siguiente.
La idea es que la escalera es necesaria para montar un ataque desde el exterior. Vigilándola se defienden contra las sectas contrarias, que podrían montar un ataque nocturno desde fuera y robarles su territorio en la iglesia. La posibilidad de que usen otra escalera no parece habérseles ocurrido.
Lo más curioso es que el señor que ha cerrado desde fuera y se ha llevado las llaves es un musulmán, miembro de la familia Nuseibeh, que llevan a cargo de cerrar, abrir, y arbitrar en las peleas entre cristianos desde el siglo VII. Fue el Califa Umar ibn al-Khattab quien, tras conquistar Jerusalén el año 637 (cinco años después de la muerte de Mahoma), decidió que los cristianos no estaban a la altura de las circunstancias, y nombró a 'Ubadah ibn al-Samit, Nuseibeh y compañero de Mahoma, y a sus descendientes Custodios del Santo Sepulcro.
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