De Sant Cugat a la Rioja
Salimos.
Toda la mañana recogiendo trastos, preparando comida y
alimentando niños. Quería comer temprano y salir hacia la una,
pero hasta las tres y media no he podido empezar a cargar el
coche. Lo llevo lleno hasta la bandera. Los niños se duermen
al poco de salir. Lérida, Zaragoza, Tudela, Calahorra, y
dejamos la autopista: hacia el sur a Arnedo, Arnedillo y Enciso
a las ocho y cuarto, parada y fonda. Viaje sin novedad. Los
niños han dormido hasta Zaragoza y después se han entretenido
con el paisaje, los buitres y los molinos. La gran cantidad de
molinos que han crecido en Aragón y la Rioja, creo que durante
los últimos diez años y supongo que estimulados por algún tipo
más o menos perverso de subvención. Pero me gustan los
molinos. Son gigantescos y ordenados. Al girar suave, no
demasiado deprisa, dan sensación de enorme potencia.
He cogido todos los bártulos de acampar, incluyendo un fogoncigo extra, mesa y sillas que me ha dejado Teresa. En acampada extrema, que es la modalidad que practicamos, es fundamental mantener el equipo en perfectas condiciones. Por eso lo hemos dejado todo en el maletero del coche y vamos a pasar las dos primeras noches en la Tahona, una casa rural en el centro de Enciso. Ya acamparemos el lunes en el jardín de Carlos.
El valle del Cidacos está a medio camino entre Logroño y Soria. A la altura de Enciso es casi un cañón, frondoso alrededor del río y rodeado de montañas peladas. Todo esto debía estar cubierto de encinas hace trescientos años, como buena parte del desierto que hemos estado cruzando durante prácticamente todo el viaje.
Enciso es pequeño, colgando en la ladera, las casa viejas, muchas de ellas destartaladas, con paredes combas. En lo alto una iglesia que es una gran mole de piedra, con un torreón que intimida, y más arriba un par de ruinas. Un par de restaurantes y dos casas rurales. Todo gira alrededor de los dinosaurios que dejaron sus huellas en los alrededores, excepto un par o tres de bares sin dinosaurios, para nativos, y una tienda cerrada. La casa rural donde nos alojamos parece haber crecido junto a la ladera: son varias casas en una, estructura completamente anárquica y, tal vez por eso, cómoda y acogedora.
Cenamos en la Fábrica de harina, uno de los dos restaurantes. Pido migas, corzo y croquetas, y comemos los tres un poco de cada. Acabamos el día molidos y contentos.
Suscríbete
blog comments powered by Disqus