Las plantas
La mayoría siguen bien. Morirse, lo que se dice morirse, sólo se me han muerto dos: las que compramos con los niños. Tenían el cepellón podrido, o sea que seguro que las ahogué. Además estaban dentro y hubieran querido estar al sol. Pena que lo aprendiera demasiado tarde.
Pero como los niños lo que querían eran plantas carnívoras les he comprado unas para reemplazar a las que me he cargado, y mañana cuando se acabe la travesía del desierto y vengan se las encontrarán. El resto, contra todo pronóstico, están todas vivas, a pesar de que riego demasiado las de dentro y demasiado poco las de fuera, y hay unas orugas cabritas que se me quieren comer el rosal y me hacen gestos obscenos cuando las pillo in fraganti. La única semi-excepción son las coleo, solenostemon scutellarioides para los amigos, que están bastante pachuchas, pero técnicamente todavía no se puede decir que estén muertas. Los jazmines son los que están más bonitos, con flores y todo. Y el romero el que da más la lata, porque cada dos días agacha la cabeza, el pobre, pidiendo agua. Pero es muy agradecido y a la media hora de regarlo vuelve a erguirse. Y además he plantado algo de menta, y perejil. El tema del perejil no está bien solucionado, creo. Ahora tengo un manojo, que se me está estropeando en la nevera, y por el que me cobraron sesenta y pico céntimos en el Eroski. Pero yo necesitaba un par de ramitas, no un manojo, y no quería guardar un manojo marchito en la nevera, por eso he plantado el mio. A ver si vive.
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