De vuelta
He llegado sin novedad a LAX. Dos horas y cuarto desde La Jolla, contando lluvia y retención al entrar en Los Angeles. Porque hoy, por fin, ha llovido. No ha sido una tormenta, sino lluvia fina e irregular. Lo justo para mojar la autopista y que todo el mundo estuviera nervioso.
He desayunado con David y Victoria: /pancakes/ con frambuesas,
fruta y mapple syrup; Victoria me ha explicado cómo se hacen y me ha dado la receta. Me han sugerido que, lloviendo, sería mucho más astuto volar que conducir, porque lleva siete meses sin llover y las autopistas estarán resbaladizas, y he intentado cambiar los términos con Hertz. Pero no ha funcionado: me querían cobrar $200 más por dejar el coche en San Diego.
El paso por el aeropuerto de Los Angeles ha sido desagradable. El amago de seguridad se traduce en muchas más colas, empleados de la TSA ladrando a la gente, incomodidad y mal humor. Heathrow es malo, pero allí los empleados de seguridad te tratan bien; y te dicen gracias, por favor, te sonríen, incluso te echan un cable cuando vas demasiado apurado en tu conexión. Aquí te gritan, te maltratan las maletas y te dan órdenes con muy poca gracia. Es el Síndrome de la Gorra de Plato llevado al extremo.
He llegado a Hertz a las 12, y a las 13:30 me volvía a calzar los zapatos después de que le echaran el rayo a mi maleta. Una hora y media de colas varias, que no está mal teniendo en cuenta que me he ahorrado la cola de facturar porque he podido ir por la ventanilla de bisnes. La parte positiva: la sala VIP tiene wireless gratuito.
Voy a embarcar.
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