Sopa
El miércoles tuve que hacer sopa, por primera y (creo que)
última vez. Me compré una olla a presión para la ocasión,
treinta y pico euros de olla que espero sirva para algo que no
sea hacer caldo. Seguí el patrón habitual: llamé a mi madre, y
le pedí instrucciones. En este caso eran demasiado
complicadas: una lista larguísima de cosas a hervir, la mayor
parte de las cuales no reconocería si me diera de bruces con
ellas por la calle. Así que opté por la vía fácil. Fui al
Mercadona, y compré un paquetito de verduras para hacer caldo,
y otro paquetito de carne para caldo. Cinco euros y pico en
total. Llegué a casa, lo metí en la olla nueva, le puse sal,
agua hasta llenar dos tercios de olla, y lo tuve al fuego hasta
quince minutos después de que empezara a salir vapor. Olía muy
bien. Por la noche cogí lo que me pareció la mitad del caldo,
le añadí demasiado arroz y algún fideo, y lo hice hervir quince
minutos. El maldito arroz se tragó todo el caldo, y en vez de
sopa les serví arroz con fideos a los niños, nada caldoso.
Pero el gusto era aceptable y el arroz estaba cocido.
El jueves por la mañana, cuando preparé la sopa que se tenían que llevar al colegio, lo hice algo mejor. Puse una cantidad demasiado prudente de pasta de sopa: quedó una sopa un tanto triste, sopa de licenciado Cabra, pero a diferencia de la de la noche anterior nadie podría argumentar que no fuera sopa. Efectos secundarios de la aventura culinaria: dos ollas sucias, y un cacharro en la nevera lleno de carne astillosa y verduras raras hervidas, que me voy a tener que comer.
Al día siguiente Gonzalo me informó de que venden el caldo en tetra-brick. Lo hay de varias marcas, con precios por litro que van del euro y pico a los tres y pico. O sea, mucho más barato que los ingredientes que compré, y seguro que no es peor. Lo he comprado y lo probaré.
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