En el Delta de Ebro
¿Cómo puede ser que me haya costado treinta y ocho años descubrir el Delta del Ebro, viviendo como vivo a una hora y cuarenta y siete minutos? Huele a arroz; es llano, pero los árboles, canales y carreteras repartidas anárquicamente rompen la monotonía y construyen un paisaje amable; y está lleno de vida del tipo adecuado: casi todos los bípedos tienen plumas.
Nunca había estado en una playa de este país en la que los bípedos implumes más cercanos estuvieran a más de un cuarto de hora andando, fuera del campo visual. Es maravilloso. Uno deja el coche en el faro del Fangar, se acerca a la playa de la Marquesa y camina junto al agua (o salta por las dunas, si tiene uno siete o diez años). A los dos minutos ya no queda rastro humano. Hay alguna planta, aprovechada por muchas libélulas, arena formando dunas, y agua. No hay boyas, ni barcos, ni miles de personas comulgando con la naturaleza, ni niños derrapando entre toallas, ni huele a crema solar.
Hemos visto flamencos, y un montón de pájaros gigantescos que deben ser versiones de grullas o de garzas (sí, tenemos libro: mañana descubriremos qué son). Y, por la noche, estrellas. Nunca había visto júpiter y sus lunas tan nítidos como los he visto hoy.
Mañana diré algo sobre el hotel, pero la impresión del primer día es inmejorable. Hotel Delta, en Deltebre: Aután gratis, comida excelente, servicio atento, wifi, habitaciones limpias y acojedoras, pequeño, con jardín y laguna.
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