El dinero y la felicidad
Nadie sabe exactamente qué es la felicidad, pero todos pensamos
que la reconocemos cuando la encontramos, y queremos pensar que
recordamos haberla vivido. Alan Watts escribió en algún sitio
que nunca somos conscientes de ser plenamente felices, porque
plenitud significa que no hay un trozo de ti que te está viendo
a ti mismo ser feliz.
La sabiduría popular es ambivalente al respecto: pese a que se supone que el dinero no da la felicidad, todo el mundo se afana en conseguirlo, y a dios rogando y con el mazo repercutiendo. Por eso cuando, en 1974, un estudio concluyó que los ricos no eran más felices que los pobres, decantando el fiel de la balanza hacia el camino del hermanamiento de los pueblos y conocimiento interior, y alejándolo de la lamentable ansia de acaparar bienes materiales, fue rápidamente añadido al conjunto de prejuicios que constituyen el acervo de la sociedad.
Pero hace poco un estudio de Gallup se ha cargado el espejismo. Sala-i-Martin lo explica con mucha gracia, pero el resumen es que los ricos dicen ser más felices que los pobres, cuanto más ricos más felices, y a igualdad de ingresos mejor casado y religioso que soltero y ateo.
Siempre he pensado que tiene que ser así, y que los ricos son más guapos y viven más años que los pobres (y otras cosas que prefiero no escribir aquí), pero yo soy incapaz de ver una relación entre mi sensación de bienestar y mis ingresos. Tengo la sensación de estar siempre más o menos igual, independientemente de lo que cobre y de lo que me quede a fin de mes para vicios. Quizá sea por que no he experimentado un rango suficientemente amplio —nunca he sido pobre ni rico.
Por eso me gustó encontrar el TED Talk de Dan Gilbert donde habla del comportamiento humano y la felicidad. No dudo de que comparando grupos de gente puedas discriminar el efecto del dinero, pero la felicidad del individuo depende también de muchos otros factores, más inmediatos y efectivos pero mucho menos obvios. Por ejemplo la falta de alternativas: cuando no te ves forzado a considerar el coste de oportunidad de tus decisiones eres mucho más feliz. Otro ejemplo, el rebote emocional: después de un acontecimiento que cambia tu vida, hacia bien —te toca la lotería— o hacia mal —pierdes la movilidad de las piernas tras un accidente—, pasas por un periodo transitorio tras el que tiendes a estabilizarte en un nivel de felicidad muy parecido al de antes del cambio.
(Por cierto, también ha escrito un libro: Stumbling on Happiness, que te puedo prestar si me tienes a mano).
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