El monociclo
Estas navidades mamá nos regaló un estupendo monociclo. Es
—lamentablemente— demasiado grande para los niños,
o sea que me he visto obligado a convertirlo en mi monociclo.
Conducirlo es difícil. El primer día pasé casi tres horas en
la plaza de Corçà, cayéndome y levantándome. Pero a la hora de
cenar había conseguido aguantarme encima del trasto durante
unos metros unas cuantas veces, y tenía la impresión de haber
hecho algo grande. Quise volver hasta casa montado en él, y
estuve a punto de arrollar a un par de mamás con sus cochecitos
llenos de niños; pero había alcanzado tal maestría cayéndome
que conseguí irme al suelo sin tocar a nadie.
Desde entonces lo he ido intentando de vez en cuando, y he ido progresando poco a poco. El quinto día conseguí recorrer distancias más largas —decenas de metros— con relativa impunidad y me pareció que, de golpe, había aprendido.
Desde el primer día intentaba convencerme a mí mismo de que lo sabía llevar, pero creo que servía de poco (cuando te pasas tres horas cayéndote y levantándote, de noche, con frío, y te están infligiendo villancicos estúpidos y repetidos desde el campanario, piensas todo tipo de cosas). También intentaba mirar a lo lejos, moverme adelante y atrás, ponerme una meta y creerme que —por supuesto— iba a llegar, dejar la mente en blanco, pensar que mi cuerpo estaba aprendiendo el equilibrio aunque no se notara, pensar que seguramente durante la noche asentaría lo aprendido y al día siguiente sería milagrosamente mejor, y muchas otras cosas que afortunadamente no recuerdo.
Pero el quinto día empezó a funcionar y, sin motivo aparente y sin saber qué hacía diferente, pasé de poder hacer cinco o diez metros de vez en cuando a poder hacer algunas decenas con cierta regularidad. Bastante mal casi todo rato: haciendo equilibrios y machacándome tontamente los cuádriceps porque casi no apoyaba el culo en el sillín.
Cuando, a ratos, consigo sentarme y rodar, me parece (de nuevo) que estoy haciendo algo grande, y que estaríamos mucho mejor diseñados si viniéramos de serie con una rueda entre las piernas. Pero el objetivo final, ir a comprar al Mercadona en monociclo, todavía queda lejos. Todavía no es el vehículo que debería ser, sino un artilugio de circo con el que voy haciendo equilibrios y, crucialmente, al que no puedo subir sin ayuda de una farola.
Ayer era el séptimo día, y recorría ya tramos de centenares de metros. Estaba practicando por una calle cerca de casa cuando se paró un coche a mi lado, y salió del sitio del copiloto un chaval de unos catorce años. Se me acercó y me espetó "¿Qué sabes hacer con eso?" "Muy poquita cosa, ya lo ves; estoy intentando aprender, con poco éxito". "¿Me lo dejas?" "¿Sabes usarlo?" "Sí…" "Pues sí, claro, pruébalo".
No llegó a subir porque le iba grande, pero sabía lo que hacía: se lo ponía delante, con el pedal de forma que al empujarlo hacia abajo el trasto rodaba hacia su sitio, debajo suyo. Yo no lo había visto nunca. Suponía que se hacía así, pero verlo fue muy instructivo. Cuando lo dejó lo intenté y, por primera vez, conseguí subirme sin farola. Fue emocionante. Le dí las gracias cuando se iba, encantado de la vida.
Lo intenté muchas veces más y unas pocas lo logré. Todavía no estoy listo para llevar las bolsas de la compra, pero ya falta menos.
El episodio del chaval me recordó una anécdota de Eugen Herrigel, en "Zen en el arte del tiro con arco". Contaba que, durante el tiempo que pasó aprendiendo Kyudo, se encallaba a menudo. Entonces el maestro tomaba su arco y disparaba unas cuantas flechas: invariablemente se rompía la mala racha, como si el arco retuviera y le cediera algo de maestría.
A mi monociclo también se le pegó algo de la habilidad del chaval: pena que se le fuera tan rápido.
Suscríbete
blog comments powered by Disqus